
Shelby consiguió hacer la primera pregunta.
– ¿Y ahora hay dieciséis de ustedes con acceso a la Princesa Meredith para sus, humm, necesidades?
– Si quiere decir para el sexo, entonces sí -dijo Doyle.
Shelby tosió y asintió con la cabeza.
– Sí, quería decir para el sexo.
– Entonces diga lo que quiere decir -dijo Doyle.
– Eso haré. -Shelby se sentó un poco más erguido-. Imagino que debe ser difícil compartir a la princesa.
– No estoy seguro de entender la pregunta.
– Bien, no quisiera ser poco delicado, pero esperar su turno debe ser difícil después de tantos años de abstinencia.
– No, no es difícil esperar.
– Por supuesto que sí -dijo Shelby.
– Está poniendo palabras en boca de los testigos -dijo Biggs.
– Lo siento. Lo que quiero decir, Capitán Doyle, es que después de tantos años de necesidades no satisfechas, debe ser difícil tener relaciones sexuales sólo cada dos semanas más o menos.
Frost se rió, luego se dio cuenta y trató de convertirlo en una tos. Doyle sonrió. Era la primera sonrisa amplia y genuina que había dejado ver desde que las preguntas habían comenzado. El destello blanco de sus dientes en su oscuro, realmente oscuro rostro, era alarmante si no estabas acostumbrado a verlo. Era como si, de repente, una estatua te sonriera.
– No alcanzo a ver el humor que existe en ser obligado a esperar semanas para tener sexo, Capitán Doyle, Teniente Frost.
– Yo no vería ningún humor en eso tampoco -dijo Doyle-, pero cuando el número de hombres aumentó, la Princesa Meredith cambió algunas de las pautas que teníamos asignadas.
– No le sigo -dijo Nelson-, ¿Pautas?
Doyle me miró.
– Quizás sería mejor si lo explicaras tú, Princesa.
– Cuando sólo tenía cinco amantes, parecía razonable hacerles esperar su turno, pero tal como usted ha hecho notar, esperar dos semanas, o más, después de siglos de celibato parecía otra forma de tortura. De modo que cuando el número de hombres aumentó hasta llegar a ser un número de dos dígitos, yo aumenté el número de veces que hago el amor en un día determinado.
