
No se consigue a menudo ver a tan poderosos y altamente cotizados abogados con el semblante avergonzado, pero yo lo conseguí en ese momento. Se miraban los unos a los otros. Sólo Nelson, de hecho, levantó la mano.
– Yo lo preguntaré, si nadie más va a hacerlo.
Los hombres la dejaron preguntar.
– ¿Cuántas veces hace el amor al día?
– Varía, pero por lo general al menos tres veces.
– Tres veces al día -repitió ella.
– Sí -dije, componiendo para ella una agradable y neutra expresión. Ella se sonrojó hasta las raíces de su pelo rojo. Yo era lo bastante sidhe como para no entender ese rasgo americano de sentirse totalmente fascinado por los temas sexuales y absolutamente incómodos con ellos.
Veducci se recuperó primero, tal como yo había imaginado.
– Incluso a tres veces por día, Princesa Meredith, eso da un promedio de cinco días entre cada sesión de relaciones sexuales para los hombres. Cinco días es mucho tiempo cuando les ha sido negado durante siglos. ¿No podían sus tres guardias haber intentado encontrar algo en qué ocupar su tiempo en medio de la espera?
– Cinco días de espera implica que sólo duermo con un hombre a la vez, Sr. Veducci, y la mayoría de las veces no lo hago.
Veducci me sonrió. Fue una bonita sonrisa, que se reflejó en su mirada y convirtió sus ojeras en arrugas risueñas que decían… aquí hay un hombre que sabía cómo disfrutar de la vida, o que lo había hecho alguna vez. Por un fugaz momento se vio como una versión de sí mismo más joven, menos cansada.
Le sonreí a mi vez, respondiendo a esa alegría.
– Está totalmente cómoda con esta parte del interrogatorio, ¿verdad, Princesa Meredith? -preguntó.
– No me avergüenza nada de lo que he hecho, Sr. Veducci. Las hadas, exceptuando a algunos integrantes de la Corte Luminosa, no ven vergüenza alguna en el sexo, siempre y cuando sea consentido.
