Los hombres sentados al otro lado de la mesa les habían echado una ojeada a los guardias, del tipo que se lanza a otros hombres de los que estás casi seguro de que podrían físicamente contigo y sin llegar siquiera a sudar. El fiscal federal Michael Shelby era alto, atlético, y guapo, con una reluciente y blanca dentadura, y la mirada de alguien que abrigaba planes para llegar a ser algo más que un fiscal en el distrito de Los Ángeles. Con más de 1,82 cm de altura, su traje no podía ocultar el hecho de que ejercitaba su cuerpo muy en serio. Probablemente no debía haber encontrado a muchos hombres que le hicieran sentirse físicamente inferior. Su asistente Ernesto Bertram era un hombre delgado que parecía demasiado joven para su trabajo, y demasiado serio con su pelo oscuro y corto y sus gafas. Y no eran las gafas las que le daban una apariencia seria; era la mirada en su rostro, como si hubiera probado algo agrio. El fiscal federal por St. Louis, Albert Veducci, también estaba aquí. Él no lucía el bronceado de Shelby. De hecho, tenía un poco de sobrepeso y parecía cansado. Su ayudante era Grover. Realmente se había presentado sólo como Grover, por lo que yo no sabía si éste era su nombre o el apellido. Sonreía más que el resto de los otros, y era atractivo de esa forma amigable, como si estuviera dando -un-paseo-de-su-casa-al- campus. Me recordó a los jovenes de la universidad que eran tan agradables cuando querían y en realidad sólo eran unos absolutos bastardos que sólo querían sexo, que les ayudaras a pasar un exámen, o en mi caso, estar cerca de una verdadera princesa de las hadas viva. Yo no sabía qué clase de “tipo agradable” era Grover en este momento. Si las cosas nos iban bien, nunca lo sabría, porque probablemente nunca volvería a verle. Si las cosas fueran mal, me parece que tendríamos Grover para rato.

Nelson era la ayudante del fiscal del distrito en la ciudad de Los Ángeles.



4 из 272