
Varios de los abogados hablaron al mismo tiempo. Veducci sólo levantó su lápiz en el aire y consiguió el turno.
– Mi oficina ha tratado más estrechamente con la princesa y su personal que el resto de ustedes, y eso es porque llevamos ciertos remedios contra el encanto.
– ¿Qué clase de remedios? -preguntó Shelby.
– No le diré lo que llevo, excepto que es magia blanca, hierro, y trébol de cuatro hojas, hierba de San Juan
– ¿Dice que la princesa usa el encanto contra nosotros? -preguntó Shelby, su hermosa cara ya no era agradable.
– Digo que a veces al tratar con el Rey Taranis o la Reina Andais, su presencia abruma a los humanos -repondió Veducci. – La Princesa Meredith, que es en parte humana, aunque muy hermosa… -Él cabeceó en mi dirección. Yo asentí con la cabeza ante el elogio-… nunca ha afectado a nadie tan fuertemente, pero muchas cosas han pasado en la Corte de la Oscuridad en los últimos días… El embajador Stevens me ha informado, ya que tiene sus fuentes. Por lo visto, la princesa Meredith y algún que otro de sus guardias han aumentado sus poderes, por así decirlo.
Veducci todavía parecía cansado, pero ahora sus ojos reflejaban la mente que se escondía bajo ese regordete y agotado camuflaje. Comprendí con un sobresalto que había otros peligros además de la ambición. Veducci era listo, y había insinuado que sabía algo sobre lo que había pasado dentro de la Corte Oscura. ¿Lo sabría, o era un farol? ¿Se pensaría que íbamos a soltar prenda?
– Es ilegal usar el encanto en nosotros -dijo Shelby, disgustado. Él me miró, y su mirada ya no era tan amistosa. Le devolví la mirada, con toda la fuerza de mis ojos tricolores: oro fundido en el borde externo, luego un círculo del más puro verde jade, y por último un verde esmeralda rodeando mi pupila. Él apartó la mirada primero, dejándola caer sobre su bloc de notas. Su voz era tensa por la rabia controlada. -Podríamos hacerla detener, o deportarla al mundo de las hadas por tratar de usar magia y tratar de influir en estos procedimientos, Princesa.
