
Se dio la vuelta con demasiada rapidez, con lo cual tuvo un ligero mareo, y miró a Dylan Riley con gesto que, confió, transmitiera dureza. Pero Riley se encontraba de nuevo mirando al techo a la vez que se mordía la uña del meñique, y quizás ni siquiera le hubiera escuchado.
– En eso consiste mi trabajo -dijo Riley-; se trata de ser discreto. De todos modos, te quedarías pasmado si supieras qué cantidad de información existe ya archivada. Cuántos detalles, como dices tú. Sólo hace falta saber dónde buscarlos.
Glass tuvo de pronto unas intensas ganas de librarse de aquel tipo.
– ¿Quieres que se te prepare un contrato tipo? -le preguntó con brusquedad.
– ¿Un contrato? Yo no firmo contratos -Riley sonrió tímidamente-. Me fío de ti.
– Vaya, no me digas. Nunca hubiera dicho que te fiaras de nadie, sobre todo teniendo en cuenta la naturaleza de tu trabajo.
Riley se levantó del sillón y se acomodó la entrepierna de los vaqueros caídos, recogiéndoselos con ambas manos. La verdad es que era una persona nada apetecible.
– ¿La naturaleza de mi trabajo? -dijo-. Soy un investigador, eso es todo.
– Sí, pero también sabes dónde encontrar las cosas, y seguro que algunas veces las cosas que encuentres no serán del gusto de quien te haya contratado, por escrito o no, y para qué hablar de las personas a las que pretenden que investigues.
Riley le dedicó una mirada larga y penetrante, ladeando un tanto la cabeza y entornando los ojos.
– Acabas de decir que el Gran Bill no guarda secretos ni culpas.
– He dicho que no cuento con que los tenga.
– Pues mucho me temo que voy a tener que decirte, con todas las letras si hace falta, que todo el mundo guarda sus secretos, y sobre todo guarda sus culpas.
Glass se volvió hacia la puerta, llevándose consigo al joven.
– Quiero que te pongas a trabajar de inmediato -dijo de manera concluyente-. ¿Cuándo puedo contar con recibir alguna noticia tuya?
