
– ¿Quieres que te lo diga por la cara? -Riley volvió a esbozar su sonrisa de suficiencia, y entonces se recostó en el sillón y miró al techo a la vez que se acariciaba los pelos de la perilla-. William Mulholland, apodado «el Gran Bill». Irlandés del sur de Boston, de segunda generación. El padre se dio el piro cuando el pequeño Willie era un crío, la madre se dedicó a trabajar de lavandera y de fregona. En el colegio, William no dejó de sacar sobresalientes, impresionó a los curas, fue monaguillo, lo de costumbre. Pero era un chico duro de pelar, eso sí: cualquier cura pedófilo que se hubiera acercado a Bill Mulholland habría terminado castrado y sin tiempo de darse cuenta. Entró en la universidad, en Boston College. Estudió ingeniería. Cuando aún estudiaba lo reclutó la CÍA, pasó a ser un agente operativo y entró en funcionamiento a finales de los años cuarenta. Su especialidad era la vigilancia electrónica. Corea, Latinoamérica, Europa, Vietnam. Tuvo entonces un encontronazo con James Jesús Angleton, nada menos, debido a la obsesiva desconfianza de los franceses con que maniobraba Angleton en todo. El Gran Bill se encontraba entonces asignado a la oficina de la Compañía en París. En aquellos tiempos nadie podía permitirse el lujo de contrariar -otra vez el patético intento por imitar un acento británico- a James Jesús sin que le segasen la hierba bajo los pies o le pasaran cosas peores, que es lo que le habría ocurrido a Bill Mulholland, seguro, si no se hubiese largado antes de que Angleton le diera puerta o, ya digo, le pasaran cosas peores. Aquello fue a finales de los sesenta -se levantó del sillón desplegándose por partes, como si fuese una regla de carpintero, y se acercó a la cristalera para plantarse allí a mirar al exterior con las manos hincadas en los bolsillos traseros del pantalón-. Tras dejar la Compañía -siguió diciendo-, el Gran Bill entró en el negocio de las comunicaciones, entonces floreciente, y dio a su formación de agente secreto un buen uso cuando montó Mulholland Cable y empezó a ganar sobre la marcha dinero a mansalva.
