
– Lo siguiente, según he sabido -dijo-, es que el Gran Bill se casó una vez más. Con Nancy Harrison, escritora, periodista y copia calcada de Martha Gellhorn, con la que se fue a vivir a una finca estupenda en el condado no-sé-qué en la costa oeste de Irlanda, a tiro no sé si de piedra, pero sí de estatuilla de Oscar, de donde vivía su viejo amigo y compañero de copas, John Huston. Una época dorada, al menos según se puede deducir, aunque a la fuerza tenía que terminar, como suele suceder. Nancy, la rubia, no aguantó más la lluvia incesante, ni aguantó a los lugareños, unos incultos, así que recogió su Remington y salió volando hacia climas más soleados: Ibiza, Clifford Irving, Orson Welles y todo eso -calló y bajó del techo la mirada de ojos vítreos para clavarla en Glass-. Si quieres que te cuente más, tengo más que contar. Y eso que aún no me he parado a mirar en la bola de cristal de mi portátil.
– ¿Qué has hecho? -dijo Glass-. ¿Ensayarte todo ese rollo antes de venir a verme?
Algo nítido y repentino apareció en la mirada del joven, algo cortante, resentido.
– Tengo memoria fotográfica.
– Seguro que eso es muy útil en tu oficio -dijo Glass.
– Pues sí.
Se había enfurruñado, Glass se dio cuenta. Su valía profesional acababa de quedar en entredicho. Era buena cosa saber por qué flanco resultaba vulnerable.
Glass se puso en pie, apoyando un dedo sobre la mesa para mantener bien el equilibrio. Se lanzó a cruzar con cautela la estancia. A cada paso que dab a, tenía la sensación de que estaba a punto de caerse; la poderosa impresión de que se escoraba peligrosa, irresistiblemente, hacia la pared acristalada, hacia la nada que inducía al abismo, al otro lado del cristal. ¿Llegaría alguna vez a acostumbrarse a aquella torre envuelta entre las nubes?
– Me hago cargo -dijo- de que he escogido a la persona indicada. Y es que lo que yo quiero son los detalles, es decir, esas cosas que no voy a tener tiempo de averiguar ni de verificar por mis propios medios. Ni tiempo ni ganas, la verdad.
