– No -dijo Riley desde las honduras de cuero que formaban los pliegues del sillón, todavía molesto-. Los detalles nunca han sido tu punto fuerte, ¿verdad?

Lo que sorprendió a Glass no fue tanto el insulto implícito, sino más bien el tiempo verbal en que lo había envuelto. ¿Sería esa misma la manera de ver las cosas que tuviese todo el mundo, es decir, que al acceder a escribir la biografía de su suegro había tirado por la borda su vocación de periodista? En tal caso, todo el mundo estaba en un error, aun cuando más bien fuese, de nuevo, mera cuestión de tiempos verbales. Y es que había renunciado al periodismo antes incluso de que el Gran Bill lo abordase para plantearle una oferta que habría sido estúpido rechazar. Sus reportajes sobre Irlanda del Norte durante la época de los disturbios, sobre la masacre de la plaza de Tiananmen, sobre el genocidio de Ruanda, sobre la Intifada, sobre aquella sangrienta tarde de domingo en Srebrenica, que no fueron en realidad reportajes auténticos, sino más bien jeremiadas escritas con una elevada dosis de pasión… eran cosa del pasado.

Había acabado algo en su ser, se había apagado una luz sin que él llegara a saber el porqué. Así de sencillo: estaba quemado. Aquello era historia antigua, un cliché con patas. «Quiero que seas tú quien escriba este libro, hijo -le había dicho el Gran Bill, y le puso la mano afectuosamente en el hombro-. No sólo porque confío en ti, sino porque también hay otros que en ti confían. No quiero una hagiografía; no me la merezco, no soy un santo. Lo que quiero es que se cuente la verdad». Y Glass pensó entonces: ah, la verdad.

– Esto no te será fácil -dijo al joven que permanecía arrellanado en el sillón en forma de concha.

– ¿Cómo así?

– No quiero que el señor Mulholland llegue a tener conocimiento de tu existencia y sepa lo que estás haciendo. ¿Lo has entendido?



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