
– ¿dónde la has aprendido? -le pregunté.
me contestó riendo:
– tú me la has enseñado.
se conoce que pierdo la memoria. para evitar que volviera a olvidárseme, aunque no va a darme el tiempo la oportunidad, la anoté, mientras miraba a amina, maliciosa, sonreír y tañer. se trataba de una canción de adivinanzas.
“soy un fruto lascivo y redondeado que alimenta las aguas del jardín.
ceñido por un cáliz rugoso, parezco el corazón de un cordero en las garras de un buitre”.
amín soltó una risotada.
– la berenjena -dijo.
estábamos bebiendo el vino oscuro y denso, lleno de madres, de esta tierra. sin darme cuenta, yo llevaba el ritmo de la canción con mi copa. pensaba en otra cosa, como suelo, y en otras circunstancias.
“crezco o decrezco entre los comensales, y, en mitad de la sombra, las lágrimas resbalan por mi cuello.
si me duermo, alguien corta mi cabellera, y permanezco insomne hasta mi muerte”.
– insomne hasta mi muerte -repetí.
no lo adivinábamos. acaricié el rostro de amina, idéntico al de amín.
– la vela -gritó ella, y tomó un sorbo de mi copa.
volvió a cantar:
“soy delgado, y tan pálido y frágil que me dejo acuchillar fácilmente.
de vez en cuando bebo, y de mis ojos luego brota el llanto”.
qué desgarradoras sonaban todas las letras. era el cálamo; tampoco lo adivinamos. amina palmoteaba.
“lo mismo que la espada nos portamos.
