
inseparables somos.
si algo entre las dos gemelas se interpone, de común acuerdo lo despedaza- remos”.
esta vez fui yo el que acerté.
veía a amín y a amina, gemelos, ante mí. si algo se interpusiese…
– las tijeras.
amina me besó entre halagos.
quizá habíamos bebido suficiente, pero continuamos. las velas de la sala, como las del acertijo, parpadeaban y se desperezaban. en los rincones se amontonaban las sombras como animales dispuestos a saltar contra nosotros. ‘la noche es mi enemiga’, pensé. he aprendido a temer a las sombras. seguros frente a ellas, mis gemelos me protegían con su sola presencia. son demasiado jóvenes -¿es que eso es un defecto?- para temerle a nada.
amina continuó:
“soy el traidor a las palomas.
antes, cuando fui su amigo, las sostuve temblando.
ahora, vibrante, las acoso y les doy muerte con mi lengua”.
recordé el momento en que escribí esa letra. casi recién casados, había ido con moraima a pasar unos días al cenete. por las mañanas salía con mi arco y mi aljaba para tirar a las torcaces.
– es el arco -murmuré.
‘¿dónde estarán aquellos días, la luz de aquellos días?’, me preguntaba. los dos hermanos me abrazaron, cada cual por un lado.
amina besó mi barba; amín, mi mano derecha.
– la última -dijo amina-. es muy alegre.
