
— Señor Singh, su legajo académico es satisfactorio, aunque no brillante. Pero no deseo hablar con usted sobre eso.
«Es factible que usted no esté al tanto del hecho que le voy a informar pero, de acuerdo con los datos suministrados por nuestras computadoras, posee usted una desacostumbradamente buena relación masa/energía, por lo que nos agradaría que empezara a entrenarse para las próximas Olimpíadas.
Singh quedó asombrado, y no demasiado complacido. Su primera reacción fue: «¿De dónde voy a sacar tiempo?», pero casi en seguida un segundo pensamiento destelló en su mente: cualesquiera deficiencias que hubiera en su legajo académico se podrían pasar por alto si existiesen logros deportivos que las compensaran. En ese sentido había una larga y honorable tradición.
— Se lo agradezco, señor. Me siento muy halagado. Imagino que tendré que mudarme al Astrodomo.
El techo de tres kilómetros de ancho que cubría un cráter próximo a la pared oriental de Platón, encerraba el más grande espacio aéreo individual de la Luna, y se había convertido en una tribuna favorita de mucha gente para ver las competencias de vuelo por propulsión humana. Durante algunos años hubo conversaciones para convertir esa actividad en deporte olímpico, pero la Comisión Olímpica Interplanetaria no había podido decidir si los competidores debían usar alas o soportes. Singh se sentiría feliz con cualquiera de esos dispositivos: ya había probado brevemente con ambos durante una visita al complejo del Astrodomo.
Lo aguardaba una sorpresa más:
— Usted no va a volar, señor Singh: usted va a correr por terreno lunar abierto. Probablemente, de un lado al otro del Sinus Iridium.
Freyda Carroll había estado en la Luna durante nada más que unas semanas y, ahora que la novedad había dejado de serlo, deseaba poder estar de vuelta en la Tierra.
En primer lugar, no se podía acostumbrar a un sexto de la gravedad de la Tierra. Algunos visitantes realmente no se habituaban; o bien iban a los saltos, como canguros, golpeándose de vez en cuando contra el techo y haciendo muy pocos progresos, o bien arrastraban los pies con mucha cautela, deteniéndose en cada paso antes de dar el siguiente: ¡no era de sorprender que los lugareños los llamaran «gusanos de Tierra»!
