
En su calidad de estudiante de geología, Freyda también encontró que la Luna era una decepción. Ah sí, tenía suficiente geología — bueno, en todo caso, selenología— como para mantener a cualquiera ocupado durante cien vidas, pero resultaba difícil llegar a las partes interesantes del satélite: no se podía ir errando de un lado para otro con un martillo y un espectrómetro de masa de bolsillo, como se hacía en la Tierra, sino que había que ponerse trajes espaciales (a los que Freyda detestaba) o sentarse en un vehículo todocamino lunar y controlar Equipos Geológicos Remotos, lo que era igualmente malo.
Freyda había albergado la esperanza de que los interminables túneles e instalaciones subterráneas de AriTec brindaran perfiles transversales de los cien metros superiores de la Luna, pero no tuvo suerte: los láseres de alta potencia que habían llevado a cabo las excavaciones fundieron roca y regolito — la capa superior del suelo lunar, ahuecado por eternidades de bombardeo meteorítico—, hasta darles un acabado carente de rasgos distintivos y liso como un espejo. No era de sorprender, pues, la facilidad con la que alguien se podía perder en la monótona uniformidad de túneles y corredores. Innumerables carteles que rezaban cosas tales como
¡PROHIBIDO EL PASO BAJO CUALQUIER CIRCUNSTANCIA!
¡UNICAMENTE ROBOTS CLASE 2!
CERRADO POR REPARACIONES
CUIDADO — AIRE TOXICO — USAR RESPIRADOR
no alentaban la clase de exploración que Freyda había disfrutado en la Tierra.
Se hallaba perdida — como siempre— cuando empujó una puerta que prometía el acceso al SUBSOTANO PRINCIPAL Nro. 3, y se lanzó con cuidado a través de ella… pero no con el cuidado suficiente:
