
Casi de inmediato, un objeto grande, que se desplazaba con rapidez, la golpeó y lanzó, girando sobre sí misma, contra una de las paredes del amplio pasillo en el que acababa de ingresar. Durante un instante quedó completamente desorientada, y transcurrieron varios segundos antes de que se levantara del piso y se revisara para ver si estaba herida.
Nada parecía estar roto, pero sospechaba que pronto tendría un doloroso moretón en el costado izquierdo. Después, más enojada que alarmada, miró en torno para ver si encontraba el proyectil que había producido el daño.
Un ente que podría haber escapado de una antigua revista se estaba acercando lentamente hacia ella. Era, evidentemente, un ser humano, y estaba embutido en un traje plateado brillante, tan ceñido como la malla de un bailarín de ballet. La cabeza del portador estaba oculta dentro de una burbuja que parecía desproporcionadamente grande; en la bruñida superficie, Freyda únicamente pudo ver su propia imagen distorsionada.
Esperó una explicación o una disculpa (pero, pensándolo bien, quizá fue ella la que debió haber tenido un poco más de cuidado…). Cuando la figura se le acercó, extendiendo los brazos en gesto suplicante, oyó que una voz de hombre, amortiguada y apenas inteligible, decía:
— Lo lamento mucho. Espero que no esté herida. Creí que jamás venía alguien acá.
Freyda trataba de ver en el interior del casco, pero éste ocultaba por entero la cara del portador.
— Estoy bien… creo.
La voz proveniente del traje espacial (porque, ¿qué otra cosa podía ser, si bien ella nunca había visto uno ni remotamente parecido a ése?) era bastante atractiva, así como pesarosa, y su enfado prontamente se evaporó.
— Espero no haberlo lastimado a usted, o dañado su equipo.
