
El chiste verdaderamente era viejo, pero Freyda rió por compromiso. Después se puso seria y miró con fijeza a los ojos de su nuevo amigo:
— Espero — dijo— que no vayas a correr riesgo alguno.
Fue en ese momento que Freyda supo que tan sólo por segunda, o tercera, vez en su vida, se había enamorado.
El decano de Ingeniería, ya bastante abatido porque a su espía en el MIT se lo acababa de arrojar ceremonialmente al río Charles, no se sentía demasiado feliz por la nueva compañera de cuarto de Robert Singh:
— Me aseguraré de que, por lo menos tres días antes de la carrera, se la envíe a una salida de campo — amenazó.
Pero, al meditarlo más, se aplacó: al determinar el rendimiento de un atleta, los factores psicológicos eran tan importantes como los fisiológicos.
A Freyda no se le iba a prohibir el acceso antes de la maratón.
9
Bahía de los Arcos Iris
El garboso arco de la Bahía de los Arcos Iris es una de las más encantadoras de todas las formaciones del suelo lunar. De trescientos kilómetros de ancho, es la mitad que sobrevive de una típica llanura de cráter, cuya pared norte fue arrastrada por entero, hace trescientos mil millones de años, por una inundación de lava que descendió con potencia devastadora desde el Mar de las Lluvias. Del semicírculo restante que la lava no pudo fracturar, el extremo occidental confina con el Promontorio Heraclides, de un kilómetro de altura, que es un grupo de colinas que, en ciertas horas, produce una breve y hermosa ilusión óptica: cuando la Luna tiene diez días y está creciendo para convertirse en Luna llena, el Promontorio Heraclides saluda el amanecer y, aun ante el más pequeño de los telescopios ubicados en la Tierra, durante unas pocas horas parece el perfil de una joven, con el cabello ondeando hacia el oeste. Después, cuando el Sol se eleva más, el diseño de sombras cambia y la Doncella de la Luna desaparece.
