Pero no había Sol ahora, cuando los participantes en la primera maratón lunar estaban reunidos al pie del promontorio. En verdad, era casi la medianoche local. La Tierra llena colgaba a medio camino en el cielo austral, bañando todo ese suelo con una radiación azul eléctrico cincuenta veces más brillante que lo que la Luna llena pudiera arrojar jamás sobre la Tierra; también eclipsaba las estrellas del cielo y únicamente Júpiter resultaba tenuemente visible abajo, en el oeste, si se lo buscaba con cuidado.

Robert Singh nunca antes había estado en el centro de la atención pública, pero aun el saber que tres mundos y una docena de satélites estaban observando no lo hacían sentirse especialmente nervioso. Tal como le había dicho a Freyda veinticuatro horas antes, tenía completa confianza en su equipo.

— Bueno, eso va lo demostraste — dijo ella, soñolienta.

— Gracias, pero le prometí al decano que es la última vez hasta después de la carrera.

—¡No lo dirás en serio!

— No exactamente. Digamos que fue… bueno, un acuerdo tácito entre caballeros.

Freyda se puso súbitamente seria.

— Espero que ganes, claro, pero me preocupa más que algo pueda salir mal. No pudiste haber tenido suficiente tiempo para probar adecuadamente ese traje.

Eso era absolutamente cierto, pero Singh no iba a alarmar a Freyda admitiéndolo. Sin embargo, aun si se producía una talla en los sistemas — lo que siempre era posible, no importaba cuántas pruebas se hicieran de antemano—, no existiría un verdadero peligro: una pequeña armada de todoterreno lunares los acompañaba: vehículos de observación que llevaban gente de los medios de prensa, rodados lunares con los jefes de los grupos de partidarios, así como los entrenadores de los distintos competidores. Lo más importante de todo, una ambulancia con dotación completa y cámara de recompresión, que nunca se habría de hallar a más de unos cientos de metros.



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