
— Comienza la cuenta regresiva. Diez. nueve. ocho….
Ese no era uno de esos acontecimientos que se podían ganar o perder en la línea de largada. Singh esperó hasta bien después de «cero», estimando con cuidado su ángulo de lanzamiento antes de despegar.
Mucho trabajo de matemática intervino en todo eso: casi un milisegundo de tiempo de las computadoras de AriTec se había dedicado a la resolución del problema. La gravedad de la Luna, que era un sexto de la terrestre, constituía el factor más importante, pero en modo alguno el único: la rigidez del traje, el régimen óptimo de admisión de oxígeno, la carga térmica, la fatiga… a todos éstos se los había tomado en cuenta. Y al principio había sido necesario zanjar una polémica de larga data, que se remontaba a los días de los primerísimos hombres que pisaron la Luna: ¿qué era mejor, ir a los brincos o dar saltos largos?
Ambos estilos funcionaban bastante bien, pero no había precedentes para lo que Singh estaba intentando ahora. Hasta hoy, todos los trajes espaciales habían sido cosas voluminosas que restringían la movilidad y le agregaban tanta masa al portador que se precisaba hacer un esfuerzo para iniciar el desplazamiento y, a veces, un esfuerzo igual para detenerlo. Pero ese traje era muy diferente.
Robert Singh había tratado de explicar esas diferencias, sin revelar los secretos de su fabricación, durante una de las inevitables entrevistas que tuvieron lugar antes de la carrera.
—¿Cómo pudimos hacerlo tan liviano? — había respondido a la primera pregunta—. Bueno, no se lo diseñó para que se lo use de día.
