
— Una hora para reunión, capitán — dijo la tranquila pero insistente voz de David, como inevitablemente se había bautizado a la computadora central del Goliath. —Modalidad activa, como se solicitó. Hora de que usted deje sus microprocesadores mnemónicos y regrese al mundo de la realidad.
El comandante humano del Goliath sintió que lo inundaba una oleada de tristeza cuando la imagen final de su perdido pasado se disolvió en una bruma tediosa, suavemente ronroneante, de ruido blanco. La transición demasiado veloz de una realidad a otra era una buena receta para terminar esquizofrénico, y el capitán Singh siempre amortiguaba el choque por medio del sonido más sedante que conocía: el de olas que rompían con suavidad en una playa, con gaviotas que chillaban a lo lejos. Era otro recuerdo más de una vida que había perdido, y de un pacífico pasado ahora reemplazado por un aterrador presente.
Durante unos instantes más demoró el tener que enfrentarse con su pavorosa responsabilidad. Después suspiró y se quitó el casquete de ingreso neural, que le cubría ajustadamente la coronilla: al igual que todos los que estaban habituados a desempeñarse en el espacio, el capitán Singh pertenecía a la escuela que preconizaba que «Ser Calvo es ser Hermoso», aunque más no fuera porque los apliques capilares eran una molestia en condiciones de gravedad nula. A los historiadores sociales todavía los dejaba perplejos el hecho de que un solo invento, el «Brainman» portátil, pudo alterar la apariencia de la especie humana en el lapso de una sola década… y restaurar el antiguo arte de la elaboración de pelucas hasta llevarlo a la condición de poderosa industria.
— Capitán — dijo David—, sé que está ahí… ¿O prefiere que asuma el mando?
Era una antigua broma, inspirada por todas las computadoras dementes que habían aparecido en las no velas v películas de comienzos de la Era Electrónica.
