David tenía un sentido del humor sorprendentemente bueno: era, después de todo, una Persona Legal (no humana), en virtud de la famosa Centésima Reforma Jurídica, y compartía, o sobrepasaba, casi todos los atributos de sus creadores. Pero había zonas sensoriales y emocionales enteras a las que no podía penetrar: se había considerado innecesario dotarlo con olfato o gusto, aun cuando habría sido sencillo ponérselos; y todos sus intentos por relatar cuentos obscenos fueron fracasos tan desastrosos, que David dejó de lado ese género narrativo.

— Muy bien, David — replicó el capitán—, todavía estoy al mando. — Se sacó la máscara que le cubría los ojos, enjugó las lágrimas que de algún modo se habían acumulado y se volvió, con renuencia, hacia la portilla de observación: allá, colgando delante de él en el espacio, estaba Kali.

Daba la impresión de ser bastante inofensivo: tan sólo otro asteroide pequeño, con la forma tan exacta de un maní, que el parecido resultaba casi cómico. Algunos cráteres grandes, resultado de impactos meteoríticos, y centenares de otros diminutos, estaban diseminados al azar sobre la superficie negra como el carbón. No había pautas visuales de referencia como para tener alguna idea de la escala, pero Singh le conocía las dimensiones de memoria: mil doscientos noventa y cinco metros en su longitud máxima; seiscientos cincuenta y seis en su anchura mínima. Kali cabría fácilmente en muchos parques urbanos.

No era de sorprender que, aun ahora, la mayor parte de la humanidad todavía no pudiese creer que ése era el instrumento fatídico o, como lo denominaban los crislámicos fundamentalistas, «El martillo de Dios».

A menudo se había sugerido que al puente de la Goliath se lo había copiado del de la nave estelar Enterprise después de un siglo y medio, a Viaje a las estrellas todavía se la revivía con afecto de vez en cuando.



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