
Kali llenaba la pantalla principal de observación. No se necesitaba ampliación, ya que la Goliath estaba flotando a nada más que doscientos metros por encima de la antigua y machacada superficie del asteroide. Y ahora, por primera vez en su existencia, tenía visitantes.
Aunque era privilegio del comandante el de dar el primer paso sobre un mundo virgen, el capitán Singh había delegado el descenso en tres miembros de la tripulación más experimentados en la realización de actividades extravehiculares: estaba ansioso por no desperdiciar más tiempo. La mayor parte de la especie humana estaba observando y aguardando el veredicto que decidiría el destino de la Tierra.
Es imposible caminar sobre los asteroides más pequeños: la gravedad es tan débil que un explorador descuidado fácilmente puede alcanzar la velocidad de escape y salir lanzado hacia una órbita independiente. Por eso, uno de los miembros del equipo que iba a hacer contacto llevaba un traje rígido autopropulsado, provisto con brazos exteriores para asir objetos. Los otros dos viajaban en un pequeño trineo espacial, al que fácilmente se podía haber confundido con uno de sus análogos árticos.
El capitán Singh, y la docena de oficiales reunidos en torno de él en el puente de la Goliath, sabían que era mejor no molestar al equipo de AEV con preguntas o consejos innecesarios, a menos que surgiera alguna emergencia.
