En ese momento, el trineo había descendido sobre la cumbre de un bloque pétreo que tenía un tamaño varias veces mayor que el del propio trineo y, al hacerlo, levantó una asombrosamente impresionante nube de polvo.

—¡Descendimos, Goliath! Ahora puedo ver la roca desnuda. ¿Echamos anclas?

— Parece ser un sitio tan bueno como cualquier otro. Prosigan.

— Desplegando barreno… Parece estar entrando con facilidad… ¿No sería grandioso si encontráramos petróleo?

En el puente se oyeron algunos gemidos en tono bajo. Chistes flojos como ése servían para aliviar la tensión y Singh los fomentaba. Desde el momento mismo en que se produjo la reunión con Kali, hubo un cambio sutil en el estado de ánimo de la tripulación, y tuvieron lugar oscilaciones impredecibles entre el abatimiento y un humor juvenil: «como silbar cuando se camina por un cementerio» era la denominación que, en privado, le había dado la médica de la nave a esa conducta, y ya había recetado tranquilizantes para un caso leve de síntomas maniacodepresivos. Las cosas habrían de ponerse constantemente peor durante las semanas y los meses por venir.

— Erigiendo la antena… Desplegando el radiofaro… ¿Cómo están las señales?

— Fuertes y claras.

— Bien. Ahora, Kali no va a poder ocultarse.

No era, por supuesto, que existiera el menor peligro de perder a Kali… como había ocurrido muchas veces, en el pasado, con asteroides de los que se habían hecho malas observaciones. Ninguna órbita se había computado jamás con mayor cuidado que ésa, pero algo de incertidumbre persistía aún: todavía existía una leve posibilidad de que el martillo de Dios pudiera errarle al yunque.

Ahora, los gigantescos radiotelescopios de la Tierra y del Lado Oculto lunar estaban aguardando la recepción de las pulsaciones provenientes del radiofaro, sincronizadas hasta un milésimo de millonésimo de segundo. Transcurrirían más de veinte minutos antes de que llegaran a su destino, creando un rasero invisible que definiría la órbita de Kali con un margen de aproximación de centímetros.



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