– Guardarla, supongo. En realidad no he pensado mucho en eso -Theresa bebió un poco de jugo que se había servido-. Así que… ¿qué haremos hoy?

– Pensé que podríamos hacer algunas compras y después ir a comer a Provincetown. ¿Qué te parece?

– Es precisamente lo que creí que haríamos.

Las dos mujeres charlaron sobre los lugares a los que irían. Después Deanna se levantó y entró en la casa para servirse otra taza de café y Theresa la observó mientras se marchaba.

Deanna había cumplido cincuenta y ocho años, tenía la cara redonda; llevaba el cabello corto, que poco a poco se volvía gris, peinado de manera sencilla, y era la mejor persona que conocía Theresa. Sabía mucho de música y de arte y vivía en un mundo lleno de optimismo y buen humor.

Cuando Deanna regresó a la mesa, se sentó y volvió a tomar la carta. Mientras la examinaba con atención, arqueó las cejas.

– Me pregunto… -comenzó en voz baja.

– ¿Qué?

– Bueno, cuando estaba adentro se me ocurrió que deberíamos publicar esta carta en tu columna de esta semana.

– ¿Cómo dices?

Deanna se inclinó sobre la mesa.

– Precisamente lo que oyes. Creo que deberíamos publicar esta carta. Es de verdad muy conmovedora. Puedo imaginarme a cientos de mujeres recortándola y pegándola en sus refrigeradores para que sus esposos puedan verla al regresar del trabajo.

– Ni siquiera sabemos quiénes son. ¿No crees que deberíamos pedir su permiso primero?

– No usaremos sus verdaderos nombres, y mientras no nos atribuyamos el crédito de haberla escrito ni divulguemos de dónde podría venir, estoy segura de que no habrá problema.

– Sé que probablemente sería legal, pero no estoy segura de que hacerlo sea correcto. Me refiero a que es una carta muy personal.

– Theresa, es una historia de interés humano. A la gente le entusiasma mucho este tipo de cosas. Y recuerda, el tal Garrett envió la carta en una botella al mar. Tiene que haber imaginado que aparecería en alguna playa.



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