Theresa negó con la cabeza.

– No lo sé, Deanna…

– Bueno, piénsalo. No necesitas decidirlo ahora. Aunque yo creo que es una magnífica idea.

Theresa pensó en la carta mientras se desvestía para darse una ducha. Se encontró preguntándose cómo sería el hombre que la escribió… Garrett, si es que ése era su verdadero nombre. Y ¿quién sería Catherine? Su amante o su esposa, eso era obvio. Se preguntó si estaría muerta o si algo más habría ocurrido para separarlos. Ella jamás, en toda su vida, había recibido una carta que siquiera se pareciera remotamente a ésa. David nunca había sido buen escritor, ni tampoco nadie más con quien hubiera salido. ¿Cómo sería aquel hombre? ¿Sería tan devoto en persona como parecía en aquella carta?

Se enjabonó y enjuagó el cabello y todas aquellas preguntas salieron de su cabeza mientras el agua fresca la recorría. Se lavó el resto del cuerpo con un paño y jabón humectante, pasó en el baño más tiempo del que necesitaba y finalmente salió de la ducha.

Se miró al espejo mientras se secaba con la toalla. Pensó que no lucía mal para ser una mujer de treinta y seis años con un hijo adolescente. Su pecho siempre había sido pequeño y no estaba colgado como el de otras mujeres de su edad. Tenía el abdomen plano y las piernas largas y delgadas por el ejercicio. En general se sentía satisfecha con el modo en que se veía aquella mañana y atribuyó su fácil y peculiar aceptación de sí misma al hecho de que estaba de vacaciones.

Después de aplicarse un poco de maquillaje se vistió con unos pantaloncillos cortos beige, una blusa sin mangas y unas sandalias marrón. En una hora el día sería caluroso y húmedo y no deseaba sentirse incómoda.

Ir de compras con Deanna era toda una experiencia.

Una vez que llegaron a Provincetown pasaron el resto de la mañana en las diversas tiendas. Theresa compró tres vestidos nuevos y un traje de baño antes de que Deanna la arrastrara hasta una tienda de lencería que se llamaba Nightingales.



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