Ahí Deanna se volvió absolutamente loca. No pensaba comprar algo para ella misma, por supuesto, sino animar a Theresa a hacerlo. Tomaba de los estantes alguna prenda interior de encaje y la sostenía en alto para que Theresa la observara, y hacía comentarios como: “Esta se ve muy sensual” o “No tienes ninguno de este color, ¿o sí?”. Había por supuesto muchas otras personas a su alrededor cuando le hacía aquellos comentarios y Theresa no podía evitar reír siempre que ocurría. La falta de inhibición de Deanna era una de las cosas que más le agradaban de ella. En verdad no le importaba lo que la gente pensara, y a menudo Theresa deseaba parecerse un poco a ella.

Cuando regresaron a la casa, Brian leía el diario en la sala.

– ¡Hola! ¿Cómo les fue?

– Bien -respondió Deanna-. Comimos en Provincetown y luego hicimos algunas compras. ¿Qué tal te fue hoy en el juego?

– Muy bien. Si no hubiera fallado en los últimos dos hoyos habría tirado un ochenta.

– Bueno, creo que sólo tendrás que seguir practicando hasta que te salga bien.

Brian rió.

– ¿No te molesta?

– Por supuesto que no.

Brian sonrió mientras hojeaba el diario, satisfecho porque pasaría mucho tiempo en el campo de golf esa semana. Deanna reconoció la señal de que quería seguir leyendo el diario y dirigió su atención a Theresa.

– ¿Quieres que juguemos gin rummy?

A Deanna le gustaban los juegos de cartas de cualquier tipo. Estaba inscrita en dos clubes de bridge, jugaba corazones como una campeona y llevaba la cuenta de cada vez que ganaba un solitario. Pero ella y Theresa siempre jugaban gin rummy, porque era el único juego en el que Theresa tenía alguna oportunidad de ganar.

– Claro.

– Esperaba que dijeras eso. Las cartas están afuera, en la mesa.

Theresa salió para ir a la mesa en la que habían desayunado Deanna la siguió poco después con dos latas de Coca-Cola de dieta y se sentó frente a ella mientras Theresa tomaba el mazo de cartas. Barajó y las repartió.



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