
Deanna alzó la vista.
– Tenía la esperanza de que conocieras a alguna persona especial esta semana.
– Tú eres especial.
– Sabes a lo que me refiero… a un hombre. A uno que te dejara sin aliento.
Theresa la miró sorprendida.
– En realidad no lo he buscado, Deanna.
Sacó el seis de diamantes y Deanna lo tomó antes de descartar el tres de picas. Deanna hablaba en el mismo tono que usaba la madre de Theresa cuando discutían sobre ese terna.
– Han pasado casi tres años desde tu divorcio. ¿Acaso no has salido con nadie en ese tiempo?
– En realidad no. No desde que Matt Como-se-llame me dijo que no quería a una mujer con hijos.
Deanna frunció el entrecejo por un momento.
– Algunas veces los hombres son unos verdaderos idiotas, y él es un ejemplo perfecto. Pero no todos son iguales. Hay muchos hombres buenos vagando por ahí… hombres que se enamorarían de ti en un instante.
Theresa tomó el tres de picas y descartó el cuatro de diamantes.
– Por eso te quiero, Deanna. Dices las cosas más dulces.
Deanna tomó una carta del mazo.
– Pero es cierto. Créeme. Podría encontrar a una docena de hombres a los que les encantaría salir contigo.
– Pero eso no significa que a mí me agradarían ellos.
Deanna descartó el dos de espadas.
– Creo que tienes miedo.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque sé lo mucho que David te lastimó. Está en la naturaleza humana. Gato escaldado del agua fría huye. Los viejos proverbios encierran grandes verdades.
– Tal vez sea cierto. Pero estoy segura de que si el hombre correcto se presenta, lo sabré. Tengo fe.
– ¿Qué clase de hombre estás buscando?
– No lo sé.
– Por supuesto que sí. Todos sabemos, aunque sea vagamente, qué queremos. Empieza con lo que es obvio, o sino, comienza con lo que no te gustaría. Por ejemplo… ¿estaría bien si él perteneciera a una pandilla de motociclistas?
