
Theresa sonrió y llevó la mano al mazo para tomar una carta. Su juego se estaba formando. Otra carta y lo tendría listo. Descartó la sota de corazones.
– Nadie de una pandilla de motociclistas, eso es seguro -dijo moviendo la cabeza. Lo pensó un momento-. Mmm… supongo que sobre todo deberá ser el tipo de hombre que sea capaz de ser fiel. Y creo que me gustaría alguien como de mi edad -Theresa se detuvo y frunció el entrecejo.
– ¿Y?
– Espera un momento. No es tan sencillo como parece. Supongo que estoy de acuerdo con lo que se dice siempre: atractivo, amable, inteligente y encantador… tú sabes, todas esas cualidades que las mujeres buscan en un hombre -de nuevo se detuvo.
Deanna tomó la sota. Su expresión demostraba placer al poner a Theresa en apuros.
– ¿Y?
– Tendría que pasar algún tiempo con Kevin como si fuera su propio hijo. Eso es muy importante para mí. ¡Ah! Y además tendría que ser romántico y también atlético. No puedo respetar a un hombre al que pueda ganarle en las vencidas.
– ¿Eso es todo?
– Sí. Es todo.
– Así que déjame ver si comprendí todo. Quieres a un hombre fiel, encantador, atractivo de treinta y tantos años, que además sea inteligente, romántico, atlético y que se lleve bien con Kevin ¿Correcto?
– Precisamente.
Aspiró profundo mientras colocaba su juego en la mesa.
– Bueno, por lo menos no eres muy exigente. Gin.
Esa tarde, a las seis, Brian y Deanna fueron a dar un paseo a la playa. Theresa se quedó en la casa y los miró por la ventana mientras se alejaban tomados de la mano, caminando por la orilla del mar. Al verlos pensaba que tenían una relación ideal. Sus intereses eran completamente distintos, pero en vez de que eso los separara parecía unirlos más.
