No, parte de la culpa la tenía probablemente el libro que se había llevado a la cama, el nerviosismo que le habían provocado ciertas páginas insulsas y deslavazadas de aquella novela aclamada por los críticos como una de las cumbres más altas de la literatura mundial de los últimos cincuenta años. El descubrimiento de la cumbre de turno se producía por término medio una vez cada seis meses, y el grito de júbilo solía lanzarlo algún periódico un tanto esnob al que los demás se sumaban de inmediato. Bien mirado, el panorama de la literatura mundial de los últimos cincuenta años se parecía mucho a la cordillera del Himalaya fotografiada desde un satélite. Pero la verdadera culpa, reflexionó, no la tenía el libro. Nada más adormilarse habría podido cerrarlo, arrojarlo al suelo, apagar la luz y santas pascuas. Pero Montalbano estaba mal hecho, tenía un defecto: cuando empezaba a leer algo, cualquier cosa que fuera, un artículo, un ensayo o una novela, era absolutamente incapaz de dejarlo a medias. Tenía que seguir hasta el final.

El timbre del teléfono fue como una liberación. Arrojó el libro contra la pared y miró el reloj. Eran las tres de la madrugada.

– ¿Diga?

– ¿Oiga?

– ¡Catarè!

– ¡Dottori!

– ¿Qué hay?

– Han disparado.

– ¿Contra quién?

– Contra uno.

– ¿Ha muerto?

– Sí.

La concisión del espléndido diálogo habría sido digna del ínclito poeta Vittorio Alfieri.

– A ese señor «difungo» que se llamaba Gerlando Piccolo le han pegado un tiro en su casa -añadió prosaicamente Catarella.

– Dame la dirección.

– Es un sitio muy difícil de encontrar, dottori. Pásese por aquí. Gallo conoce el camino.

– ¿Has avisado al dottor Augello?

– Lo he intentado, pero no lo he encontrado.

– ¿Y Fazio?

– Ya ha ido al escenario del delito.



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