– Se han terminado -dijo, y cerró violentamente la ventanilla.

A Montalbano se le hizo en la garganta un nudo de angustia. Se vio perdido: si no se tomaba la temperatura, la fiebre adquiriría carácter crónico. Justo en ese instante vio al Farola, quien, con un saco a la espalda, se acercaba a la taquilla de la estación. Con la rapidez de un relámpago, el comisario comprendió que el vagabundo tenía intención de largarse, de escapar: quería evitar la ceremonia organizada por el alcalde que inevitablemente habría llevado a su identificación, cosa que, cualquiera sabía desde hacia cuánto tiempo, él trataba de evitar.

– ¡Doctor! -gritó sin saber por qué razón había llamado con aquel título al vagabundo, pero el impulso le salió de dentro, de lo más profundo de su condición de hombre nacido con instinto de caza.

El Farola se detuvo en seco y se dio lentamente la vuelta mientras Montalbano se le acercaba. Cuando llegó hasta él, el comisario comprendió que aquel viejo que tenía delante estaba aterrorizado.

– No tenga miedo -le dijo.

– Sé quién es usted -replicó el Farola-. Usted es comisario. Y me ha reconocido. Tenga compasión de mí, he pagado mi error y sigo pagándolo. Yo era un médico apreciado y ahora sólo soy un desperdicio humano. Pero, aun así, no soportaría la vergüenza, no podría resistir que la vieja historia volviera a aflorar a la superficie. Tenga compasión de mí y deje que me vaya.

Unas gruesas lágrimas le caían sobre la raída chaqueta.

– No se preocupe, doctor -dijo Montalbano-. No tengo ningún motivo para retenerlo. Pero antes tengo que pedirle un favor.

– ¿Amí? -preguntó extrañado el vagabundo.

– Sí, a usted. ¿Puede decirme cuánta fiebre tengo?

Herido de muerte

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Toda la culpa de la mala noche que estaba pasando, dando vueltas en la cama hasta casi estrangularse con la sábana, no podía ser atribuida en modo alguno a la cena de la víspera, que había sido muy ligera.



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