– Muy bien, voy para allá.

La oscuridad era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. La casa del «difungo», como decía Catarella, estaba en pleno campo, por lo que Montalbano había podido comprender. Las luces de su coche iluminaron el vehículo de servicio de la comisaría, que estaba aparcado delante de la puerta de entrada, abierta de par en par. Entró, seguido por Gallo, en un espacioso salón que servía a un tiempo de sala de estar y comedor. Todo se veía muy pulcro y ordenado. De una de las tres puertas que daban acceso al salón salió Galluzzo con un vaso de agua en la mano. A su espalda, el comisario entrevió una cocina.

– ¿Adónde vas?

Galluzzo señaló la puerta que tenía delante.

– A la habitación de la sobrina. ¡Pobrecita! Le he dicho que se tumbe en la cama.

– ¿Dónde está Fazio? -Galluzzo indicó por señas la escalera que conducía al piso de arriba-. Tú quédate aquí -le dijo Montalbano a Gallo.

– ¿Y qué hago?

– Repasa las tablas de multiplicar.

El dormitorio en el que se había producido el homicidio presentaba un desorden propio de un lugar recién sacudido por un terremoto. Cajones abiertos, ropa de cama y prendas de vestir tiradas por el suelo, puertas de armario abiertas… Llamaban la atención dos cuadritos, otrora colgados en las paredes y ahora arrancados y rotos a pisotones, y los restos de una pequeña imagen de la Virgen arrojada violentamente contra la pared. ¿Qué tenía que ver aquel vandalismo con un robo? El difunto Gerlando Piccolo, un sexagenario rechoncho y temperamental, yacía en la cama de matrimonio con la parte superior del cuerpo apoyada en la cabecera y una enorme mancha roja a la altura del corazón. Estaba claro que había tenido tiempo de incorporarse un poco antes de que el asesino lo obligara a tumbarse definitivamente. No tenía los ojos abiertos de par en par, sino algo más de lo normal, en una expresión de estupor. Pero semejante hecho no tenía por qué ser objeto de conjeturas, pues cuando uno ve que le ha llegado la hora de la muerte, o se sorprende o se asusta, no hay vuelta de hoja. Por último, a pesar de que en la habitación hacía un frío que pelaba, el hombre no llevaba ni camiseta, ni pijama, ni nada de nada. Fazio, que se encontraba de pie al lado de la cama con pinta de viajante de comercio que muestra la mercancía, interceptó la mirada de su jefe.



11 из 212