– Está completamente desnudo, no lleva ni siquiera los calzoncillos.

– ¿Cómo lo sabes?

– He metido la mano por debajo de la sábana. ¿Qué hago? ¿Llamo a la Científica y aviso a la Fiscalía?

– Espera.

Había algo que no cuadraba. Montalbano se agachó para mirar debajo de la cama por la parte donde estaba tumbado el muerto y observó que la camiseta y los calzoncillos estaban allí. Mientras se incorporaba, se detuvo en seco, como si el lumbago lo hubiera sorprendido a traición. En el suelo, entre la mesilla y los pies de la cama, había un revólver.

– Fazio ¿lo has visto?

– Sí, señor.

– Debe de haberlo dejado el asesino.

– No, señor dottore. Estaba en el cajón de la mesilla. Fue la sobrina la que lo sacó y disparó contra él. Ella misma me lo ha dicho.

– ¿Contra quién disparó?

– Contra el asesino.

– No entiendo un carajo. Quizá sea mejor que vaya a hablar con esa sobrina.

– Quizá sea mejor -dijo enigmáticamente Fazio.

La sobrina era una muchacha de dieciocho años, piel morena, grandes ojos negros enrojecidos por el llanto y una tupida masa de cabello muy rizado. Estaba extremadamente delgada y, en su manera de mirar al comisario y de levantarse de un salto de la cama sobre la que estaba sentada, no tumbada, reveló cierto carácter salvaje y animal. Iba envuelta en una especie de bata y temblaba más a causa del frío que de la impresión.

– Prepárale algo caliente -le dijo el comisario a Galluzzo.

– En la cocina hay un poco de manzanilla -repuso la joven.



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