– A mí hazme un café -ordenó Montalbano.

– Con nata, supongo… -comentó Galluzzo con sorna mientras salía.

– Tenemos que hablar. Pero usted no puede estar así. Mire, me voy allá cinco minutos y entre tanto usted se viste. ¿Le parece bien?

– Gracias.

– ¿Cómo se llama?

– Grazia Giangrasso, soy hija de una hermana del tío Gerlando.

Montalbano regresó al salón. Gallo estaba arrellanado en un sillón.

– ¿Cuánto es siete por siete? -le preguntó al comisario.

– Cuarenta y nueve -contestó automáticamente Montalbano-. ¿Por qué quieres saberlo?

– ¿No me ha dicho que repasara las tablas de multiplicar?

¡Qué graciosos estaban sus hombres aquella mañana! Volvió a subir al piso de arriba. En el dormitorio, Fazio había cambiado de sitio. Ahora miraba a su alrededor con la espalda apoyada en la ventana cerrada.

– ¿Has encontrado algo?

– Hay cosas que no encajan.

– ¿Por ejemplo?

– Gerlando Piccolo era viudo desde hace dos años.

– ¿Ah, sí? No lo sabía.

– Entonces yo me pregunto…

– … ¿quién dormía a su lado en la cama cuando entró el asesino?

Fazio lo miró, estupefacto.

– ¿Usted también se ha dado cuenta de que los dos lados de la cama han sido utilizados? Fíjese en la almohada y en la posición de la sábana y de la colcha al otro lado…

– Perdona, Fazio, pero si incluso tú te has dado cuenta de ese detalle ¿cómo no iba a darme cuenta yo? Sigue observando y después me lo explicas.

Fazio lo miró enfurruñado y ofendido.

– ¿Llamo a la Científica? -preguntó en tono pausado.

– Mira tu reloj. Dentro de diez minutos la llamas sin necesidad de que yo te lo diga.

La habitación contigua a la del muerto era otro dormitorio, pero en desuso. Sobre la cama sólo había un colchón. Los muebles estaban cubiertos por una capa de polvo. También había una puerta cerrada con llave. Montalbano trató de abrirla empujándola con el hombro, pero se resistió. Al lado de la puerta cerrada había un cuarto de baño bastante ordenado. Otra puerta daba acceso a un pequeño trastero. Finalmente regresó a la planta baja.



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