
– El café ya está listo -dijo Galluzzo desde la cocina.
Antes de dirigirse hacia allí, el comisario llamó con los nudillos a la puerta de Grazia, pero no obtuvo respuesta.
– Ha ido al lavabo -explicó Gallo, todavía arrellanado en el sillón.
Montalbano entró en la cocina, y mientras se tomaba el café, apareció la muchacha. Se había lavado y vestido, y su rostro había recuperado parcialmente el color. Galluzzo le ofreció una taza de manzanilla que la joven comenzó a beber de pie.
– Ya puedes sentarte -le dijo Montalbano, pasando a tratarla de tú.
La muchacha se sentó en el borde de la silla, lista para levantarse de un salto y escapar. Parecía realmente un animal acosado. Bajo la blusa, cubierta por un mantoncito de color rojo, y la holgada falda, prendas ambas de ínfima calidad, se adivinaban los músculos en tensión. Fue entonces cuando Galluzzo hizo un gesto inesperado.
– Bueno, bueno. Calma -dijo, acariciando la cabeza de la muchacha como si ésta fuera un animal al que hubiera que tranquilizar y amansar.
Entonces Grazia reaccionó precisamente como un animal, respirando hondo.
– Antes que nada, quiero saber qué hay en esa habitación cerrada del piso de arriba.
– Eso es…, era el despacho del tío Gerlando.
– ¿El despacho?
– Bueno, donde recibía las visitas.
– ¿Qué visitas?
– Las que venían a verlo.
– ¿Y para qué venían a verlo?
– Para que les prestara dinero.
¡Un usurero! ¡Menuda noticia! Aquello significaba un centenar de posibles asesinos entre los clientes de Piccolo.
– ¿Recibía a mucha gente?
– No lo sé, no pasaban por aquí.
– ¿Por dónde, entonces?
– En la parte trasera de la casa hay una escalera exterior que sube a la habitación.
