– ¿La llave?

– Mi tío la tenía siempre en el bolsillo.

La ropa de la víctima se encontraba sobre una silla del dormitorio.

– Galluzzo, sube al piso de arriba, busca la llave, echa un vistazo con Fazio a ese despacho y después déjalo todo tal como estaba.

Cuando el agente salió, la muchacha miró al comisario.

– ¿Dónde quiere que nos pongamos?

– ¿Para hablar, quieres decir? ¡Aquí está bien! -contestó Montalbano abarcando la cocina con un gesto circular.

– Yo siempre estoy aquí -dijo la joven.

El comisario notó que la voz de la muchacha sonaba más segura; debía de estar más tranquila porque el interrogatorio estaba teniendo lugar en su ambiente habitual. Se llenó otra taza de café y se sentó.

– ¿Desde cuándo vives con tu tío en esta casa?

Estaba dando rodeos de manera deliberada porque quería llegar al momento de la descripción del asesinato cuando la muchacha se encontrara en condiciones de hablar de ello sin que estallara en una crisis de histeria.

Así averiguó que Grazia era hija única de la hermana de Gerlando Piccolo, casada con un modesto comerciante de cereales llamado Calogero Giangrasso. A los cinco años, Grazia se había quedado huérfana a causa de un accidente de automóvil. Ella también viajaba en aquel coche que había colisionado con un camión, y de hecho se había abierto la cabeza, pero en el hospital se la habían cerrado muy bien. Entonces su tío Gerlando y su mujer Titina, que no tenían hijos, la acogieron en su casa.

– ¿Te querían?

– Necesitaban una criada.

Lo dijo con la mayor naturalidad, sin el menor tono de rencor o desprecio. Era una simple constatación.

– ¿Te enviaron al colegio?

– No. En casa siempre me necesitaban. No sé leer ni escribir.

– ¿Tienes novio?

– ¡¿Yo?!

– Bueno, bueno, sigamos. -Más tarde, cuando la muchacha cumplió quince años, murió su tía Titina-. ¿De qué murió?



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