– El médico dijo que del corazón. Padecía del corazón.

A partir de entonces, las cosas habían ido a mejor.

– ¿La tía te trataba mal?

– Sí. Y era muy quisquillosa.

El tío la trataba con educación y puede que incluso le tuviera cierto cariño. No le exigía que fregara y refregara las ollas cinco veces seguidas como mínimo. Y de vez en cuando le daba dinero para que se fuera al pueblo y se comprara alguna cosa que le gustara.

– Y ahora dime qué ha ocurrido. ¿Te sientes con ánimo?

– Sí.

Cuando la muchacha estaba a punto de empezar a hablar, en la puerta apareció Galluzzo.

– Dottore, hemos abierto la habitación. ¿Quiere ir a echar un vistazo? Ya me quedo yo aquí.

Como había dicho Grazia, la habitación estaba amueblada como un despacho. Había un escritorio, dos sillones, unas sillas y un archivador. En la pared que estaba detrás del escritorio se veía una caja de seguridad empotrada de aspecto muy sólido.

– ¿Está cerrada? -le preguntó Montalbano a Fazio.

– A cal y canto.

El comisario abrió la cristalera protegida por una barra de hierro que daba acceso a la escalera exterior a la que se había referido Grazia. Los clientes podían ser recibidos sin necesidad de pasar por la puerta principal de la casa.

– Hagamos una cosa. Abre el archivador, seguramente encontrarás los nombres de los clientes del tío Giurlanno.

– Galluzzo me ha dicho que prestaba dinero.

– Copia cuatro o cinco nombres, no más. Después déjalo todo tal como estaba, que parezca que aquí dentro no ha entrado nadie.

– ¿Cree que de este homicidio se encargará la brigada móvil?

– Por supuesto. ¿Lo dudas? Por cierto, ¿a quién has avisado?

– A todos. Tardarán por lo menos media hora en llegar.

En la cocina, Galluzzo y Grazia hablaban en voz baja. Interrumpieron la conversación cuando vieron aparecer al comisario.



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