
– ¿Puedo quedarme? -preguntó Galluzzo.
– Pues claro. Sigamos.
Como todas las noches, 'u zu Giurlanno apagaba el televisor a las diez en punto, incluso en el momento más trágico de una telenovela, y subía al piso de arriba para acostarse. Eso era también una señal inequívoca para Grazia, la cual fregaba en la cocina la vajilla que habían utilizado para la cena, se desnudaba en el cuarto de baño de abajo y se iba a dormir a su habitación.
– Un momento -dijo el comisario-. ¿Quién había cerrado la puerta principal?
– Mi tío cuando vino a cenar. Lo hacía siempre. Cerraba con las llaves y las colgaba de un clavo al lado de la puerta.
Montalbano miró a Galluzzo.
– Las llaves están allí. Y no hay ninguna señal de que hayan forzado la cerradura. Debió de usar un duplicado.
– ¿Por qué utilizas el singular? Puede que el que ha disparado no estuviera solo.
– No, señor -dijo Galluzzo.
– Estaba solo -confirmó la muchacha.
Grazia señaló que se había dormido enseguida. Después se había despertado a causa de una detonación. Aguzó el oído, pero, al no oír ningún otro ruido, dedujo que la detonación procedía del exterior, de la campiña circundante. Acababa de cerrar los ojos cuando oyó unos ruidos muy fuertes procedentes del dormitorio de su tío. Pensó inmediatamente que éste se encontraba mal, como ya le había ocurrido otras veces.
– Explícate mejor.
A su tío le gustaba mucho comer. En cierta ocasión se había zampado tres cuartos de cabrito, y por la noche, cuando se levantó para tomar un poco de bicarbonato, se desplomó a causa de un intenso mareo.
– ¿Yqué hiciste tú después de oír la detonación?
Se había levantado, se había puesto la bata a toda prisa y había subido corriendo descalza al piso de arriba. La luz del dormitorio estaba encendida. Lo primero que vio fue a su tío medio incorporado en la cama con la espalda apoyada en la cabecera. Se acercó a él y lo llamó, pero no contestó.
