
Ahora Grazia estaba temblando de nuevo y oscilaba como un árbol agitado por ráfagas de viento. Galluzzo volvió a acariciarle el cabello.
– Todo coincide -dijo-. Incluso la mancha de sangre.
– ¿Qué mancha de sangre?
– La que hay en la explanada de delante de la casa, la he visto con la linterna. Ahora que ya es de día usted también podrá verla. Pertenece sin duda al asesino. La muchacha le ha dado de lleno en la espalda.
Fue entonces cuando Grazia soltó un grito animal con la cabeza echada enteramente hacia atrás y se desmayó.
2
Dos días antes, Bonetti-Alderighi le había repetido la lección.
– Se lo ruego, Montalbano, recuerde que usted sólo se encarga provisionalmente del caso, nada más.
– No le he entendido bien, señor jefe superior.
– ¡Por Dios bendito! ¡Ya se lo he dicho por lo menos tres veces! Si lo llaman al escenario del crimen, usted deberá limitarse a asumir su responsabilidad, esperar la llegada de los encargados de las investigaciones y procurar que nadie se mueva.
– ¿Es eso lo que tengo que decir?
– ¿Cómo?
– ¡Policía! ¡Que nadie se mueva!
Bonetti-Alderighi lo miró con recelo. El comisario permanecía de pie enfrente del escritorio con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y un rostro que sólo expresaba un humilde deseo de saber.
