
– ¡Haga lo que considere oportuno!
Ahora los «encargados de las investigaciones» estaban a punto de llegar y a él no le apetecía verlos. Entró en la habitación de Grazia. La chica se había recuperado un poco, aunque seguía tumbada en la cama con la ropa puesta.
Galluzzo estaba sentado en una silla.
– Me voy -dijo Montalbano.
La muchacha se incorporó de golpe.
– Pero ¿cómo? ¿Ya ha terminado todo?
– No, todavía no ha empezado. Galluzzo, ven conmigo.
Desde el salón, el comisario llamó a Fazio. Gallo dormía profundamente hundido en el sillón, y, al pasar, el comisario le propinó un puntapié en la pantorrilla.
– ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado?
– Nada, Gallo. Ve a poner en marcha el coche, que nos vamos.
– ¿Quiere algo? -preguntó Fazio desde lo alto de la escalera.
– Sólo avisarte de que me voy. Tú espera aquí a los demás. -Mientras se encaminaba hacia la puerta, tomó del brazo a Galluzzo-. ¿Quieres explicarme por qué te interesa tanto la sobrina?
Galluzzo se ruborizó.
– Me da pena. Es una muchacha sola y desconsolada.
Fuera ya se había hecho de día.
– Enséñame dónde has visto la mancha de sangre.
Galluzzo miró al suelo y pareció sorprenderse. Después esbozó una sonrisa.
– Está justo debajo de su coche.
Le indicaron por señas a Gallo que diera marcha atrás. Éste obedeció y la mancha de sangre quedó al descubierto, afortunadamente respetada por las ruedas. Montalbano se agachó para examinarla y la rozó con el dedo índice. Era sangre, no cabía la menor duda.
– Ponle algo para protegerla; de lo contrario, cuando lleguen los coches de esos cabrones de Montelusa la dejarán reducida a polvo. Tú quédate aquí con…, con Fazio. Hasta luego.
– Gracias -dijo Galluzzo.
* * *
