Montalbano se sorprendió. ¿De dónde había sacado aquel vídeo? No tenía sonido, sólo se veía a la muchacha trabajando en una cocina que no era la de la casa de Piccolo. Grazia lucía un vestido elegante e iba muy bien maquillada. Pero se movía como siempre, parecía una gata nerviosa por la presencia de algún elemento extraño potencialmente peligroso. Después la cámara mostró un primer plano del rostro y el comisario se fijó en lo guapa que era, secreta y arriesgadamente guapa. Por un instante, la cámara dio la impresión de poder revelar algo misterioso e inapreciable a simple vista. Tenía los mismos rasgos de ciertas heroínas de las películas americanas del Oeste, parecía una hembra capaz de defenderse a balazos. Alguien desde fuera del encuadre debió de decirle que sonriera y ella lo intentó, pero le salió un estiramiento de los labios sobre unos dientes muy blancos, pequeños y afilados. Una tigresa resollando amenazadoramente. Después pasaron a otra noticia y el comisario cambió de canal. Pero si alguien le hubiera preguntado qué estaban contemplando sus ojos, no habría sabido qué contestar, pues su cabeza estaba demasiado concentrada en otra pregunta: ¿cómo se las habían arreglado los de Televigàta para conseguir aquel material? Habría podido resolver el problema llamando directamente al cuñado de Galluzzo, pero no quería darle aquella satisfacción. De pronto, se le ocurrió con toda claridad la única respuesta posible. Y la respuesta lo puso tremendamente nervioso.

Antes de irse a dormir, llamó por teléfono a Livia y le contó su jornada. Le comentó lo extraño que le había resultado ver en la pantalla la cara de Grazia, muy distinta de como él la había visto por la mañana.

– Bueno -dijo Livia-, si el vídeo se hizo antes del homicidio, es natural que la muchacha tuviera una expresión más tranquila y serena.

– Eso no tiene nada que ver -dijo Montalbano-. Era, ¿cómo lo diría?, de una inesperada y curiosa belleza.



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