
– Quieres decir que es muy fotogénica.
– No se trata de fotogenia.
– Pues entonces ¿de qué se trata?
– Es como si la cámara tuviera rayos X, no sé cómo decirlo, porque ni yo mismo lo sé. Ha sido como si…
– ¿Vamos a hablar mucho de este asunto?
– Verás, es que… hablar de ello me ayuda a aclarar las ideas.
– ¿Me permites una pregunta?
– Claro.
– ¿Tú sólo puedes ver la belleza de una mujer en una fotografía?
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– Ya lo creo que tiene que ver. Porque, si es así, me grabo un vídeo y te envío la cinta.
– ¿Es que siempre tienes que llevarlo todo al terreno personal?
Y así empezó la discusión.
No sabía por qué, pero nada más abrir los ojos a un día que, a juzgar por lo que se veía a través de la ventana abierta, se presentaba nublado y ventoso, recordaba un pareado que su padre solía repetir nada más levantarse: «Empecemos con renovada promesa de fe esta solemne tomadura por el rulé.» La solemne tomadura por culo a que se refería su padre era la vida propiamente dicha, la vida cotidiana. Su padre, que era un hombre muy serio, cumplía a diario esa renovada promesa de fe. Pero él, aquella mañana, mientras se levantaba para ducharse y se pasaba una mano por la conciencia, no se sentía con ánimo para hacer ninguna renovada promesa de fe ni a sí mismo ni al mundo entero. Sólo le apetecía regresar bajo las mantas, taparse bien, recuperar el olor y el calor de las sábanas todavía calientes, cerrar los ojos y presentar su dimisión oficial de todo por haber alcanzado el límite máximo del cansancio, el aburrimiento y la resistencia.
En el cuarto de baño se miró al espejo y, de repente, se cayó mal. ¿Cómo se las arreglaban los demás para aguantarlo y algunos incluso para quererlo? Él no se quería, eso estaba claro. Un día había pensado en sí mismo con despiadada lucidez.
– Soy como una fotografía -le había dicho a Livia.
