
Livia lo había mirado, sorprendida.
– No te entiendo.
– Verás, yo existo porque hay un negativo.
– Sigo sin entenderte.
– Me explicaré mejor: yo existo porque hay un negativo de crímenes, de asesinos y de actos de violencia. Si no existiera ese negativo, mi positivo, es decir, yo, no podría existir.
Curiosamente, Livia se había echado a reír.
– No me engañas, Salvo. Cuando se revela, el negativo de un asesino no representa a un policía, sino al propio asesino.
– Era una metáfora.
– Equivocada.
Sí, la metáfora era equivocada, pero algo había de verdad.
En cuanto llegó a su despacho llamó a Galluzzo.
– Me congratulo.
– ¿De qué?
– De tu interesada caridad. Me tocaste los cojones con la pena que te daba Grazia, te la llevaste a casa porque la pobre chica no tenía adónde ir, y todo para que tu cuñado se hiciera con la exclusiva.
– Dottore, no es lo que usted piensa.
– ¿Vas a decirme que aquella no era tu cocina?
– No.
– ¿Que la ropa que llevaba Grazia no era de tu mujer?
– No.
– ¿Entonces? Eres un hipócrita que abusa de la confianza de los demás.
– No, señor dottore, lo que ocurre es que no he sabido oponerme a la voluntad de mi mujer. Le contó a su hermano que yo había llevado a la chica a nuestra casa y él insistió en ir a verla… Mi mujer me amenazó con no aceptar a Grazia en casa si no le hacía ese favor a su hermano, y yo…
– Sal de aquí y envíame a Fazio.
– Sí, señor. Le pido perdón.
Pero en lugar de Fazio se presentó Catarella.
– Dottori, Fazio no está porque todavía no se encuentra aquí. Pero está el señor Cuglia, que dice que quiere hablar con usted en persona personalmente.
– Muy bien, pásamelo.
– No puedo, dottori, porque el señor Cuglia está aquí mismo en persona.
– Pues hazlo pasar.
