Era un denso monte bajo mediterráneo todavía respetado por el cemento, lugar habitual de las parejas clandestinas. El frecuente paso de los coches de las parejas había sido el causante de la formación en el interior de aquella maraña de una complicada red de senderos y explanadas, un laberinto que, a pesar de la claridad de las instrucciones, convertía el hallazgo del camino adecuado en un auténtico problema. Ambos vehículos, el de servicio y el del comisario, se vieron obligados a efectuar complicadas maniobras de marcha atrás para iniciar otro recorrido. Al final, lo consiguieron. El muerto estaba tendido boca abajo y con los brazos extendidos. No se distinguía el color del chaleco de tan empapado como estaba en la sangre, ya coagulada, que había salido de una pequeña pero muy visible herida que tenía justo debajo del omoplato derecho. A escasa distancia del cuerpo había un ciclomotor con una amplia cesta en la parrilla posterior.

– Incluso sin verle la cara -dijo Fazio- me parece que lo conozco.

– Es Dindò, el repartidor del supermercado. Anoche, Aguglia, el encargado, me dijo que no había ido a trabajar. Y esta mañana se ha presentado en la comisaría para denunciar el robo del ciclomotor por parte de Dindò -explicó Montalbano.

– Pero ¡si era un pobre desgraciado! -saltó Germanà, que, con Tortorella e Imbrò, formaba parte del grupo.

– Tenemos que encontrar el arma -dijo Montalbano.

– ¿La del que le ha pegado el tiro? -preguntó sorprendido Tortorella.

– No -lo corrigió Fazio, tras haber mirado un instante a Montalbano y adivinado al vuelo sus pensamientos-: El arma que llevaba Dindò y con la cual éste disparó.

Fazio volvió a mirar a Montalbano para que le confirmara que estaba en lo cierto. El comisario asintió con la cabeza.

– ¡Virgen santísima! ¡No entiendo nada! -se quejó Germanà.

– Ni falta que hace. Busca -le ordenó Fazio.



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