Buscaron sin descanso hasta llegar casi a la altura de la casa de Piccolo, pero no encontraron nada.

– A lo mejor el arma está debajo del cadáver -apuntó Tortorella.

Levantaron el cuerpo de un lado, lo justo para cerciorarse.

– Si Arquà viera lo que estamos haciendo, le daría un ataque -comentó Fazio.

El arma no estaba allí. A modo de consuelo, descubrieron que el orificio de salida de la bala había provocado un verdadero desgarro en la carne y en el chaleco.

– A lo mejor la tiró mientras corría a esconderse aquí -dijo Fazio.

De repente, Montalbano sintió que un nudo de tristeza le subía por la garganta. Pobre Dindò, un muchachito herido de muerte que busca un lugar oculto para morir, como hacen los animales… ¿Herido de muerte no era acaso el título de un bellísimo libro de La Capria que él había leído con sumo placer muchos años atrás?

– Ha muerto desangrado -dijo Fazio como si le hubiera leído el pensamiento.

– Avisa a quien tengas que avisar -replicó el comisario-. Pero con el doctor Pasquano déjame hablar a mí.

Al poco rato Fazio le pasó el móvil.

– ¿Doctor? Soy Montalbano. ¿Ha podido echar un vistazo al difunto Gerlando Piccolo?

– Sí, señor, por dentro y por fuera.

– ¿Puede decirme algo?

– No hay nada que decir. Lo mataron de un solo disparo que lo dejó seco. Verá los detalles en el informe. Si no le hubieran pegado un tiro, habría vivido más sano que una manzana hasta los cien años. Acababa de follar.

Eso Montalbano no se lo esperaba.

– ¿Antes de que le pegaran el tiro?

– No, después. Se puso a follar ya muerto. Pero ¿qué coño de preguntas me hace? ¿De verdad se encuentra usted bien?

– Doctor, tengo otro muerto para usted.

– ¿Ha decidido pasarse a la producción industrial?

– Fazio le explicará cómo llegar al lugar. Buenos días. -En cuanto Fazio terminó de hablar con Pasquano, el comisario se lo llevó aparte-. Oye, yo me voy. Tú y los demás os quedáis aquí. De nada sirve que yo pierda todo un día contemplando un muerto que sé quién es, quién le ha disparado y por qué.



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