– De acuerdo -dijo Fazio.

– Ah, por cierto, dile a Arquà que quiero que comparen las huellas dactilares del muerto con las que se encontraron en el dormitorio de Piccolo. Sólo para confirmarlo. Y, para más seguridad, que compare la sangre de Dindò con la que empapaba el polvo del suelo de delante de la casa de Piccolo.


* * *

Llegó en un santiamén a la comisaría, donde sólo estaba Catarella.

– ¿Dónde está Galluzzo?

– Se ha ido a casa a comer.

– Llámalo.

Se dirigió al despacho de Fazio, cogió las llaves de la casa de Gerlando Piccolo y regresó a su despacho, donde el teléfono ya estaba sonando.

– Galluzzo, ¿habéis terminado de comer?

– No, señor dottore. Hemos empezado ahora mismo.

– Lo lamento, pero dentro de cinco minutos estaré en la puerta de tu casa. Tú y Grazia tenéis que venir conmigo.

– Muy bien, dottore. ¿Quién era el muerto?

– Te lo digo después.

Cuando llegó a casa de Galluzzo ya estaban esperándolo.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Galluzzo.

Montalbano le contestó indirectamente.

– Grazia, ¿tienes ánimo para regresar durante una hora a tu casa?

– Por supuesto.

Hicieron el camino en silencio. Nada más entrar fueron asaltados por un pestazo tan intenso que se les revolvieron las tripas.

– Abrid alguna ventana. -En cuanto la casa se ventiló, Montalbano explicó su plan-. Escuchadme bien. Quiero reconstruir exactamente lo que ocurrió la otra noche. Es posible que tengamos que repetir la escena varias veces hasta que ciertas cosas queden claras. Tú, Grazia, dijiste que estabas durmiendo en tu habitación.

– Sí, señor.

– Tú, Galluzzo, sube al dormitorio y, cuando yo te lo diga, empieza a hacer ruido.

– ¿Qué clase de ruido?



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