
Abrió los ojos a las tres y media de la madrugada y enseguida advirtió que la fiebre estaba cociéndolo vivo. Pero no sólo la fiebre, sino también un pensamiento que se le había ocurrido antes de quedarse dormido y que lo había acompañado en el sueño impidiéndole descansar debidamente. No, no era un pensamiento, sino más bien una secuencia de imágenes y una pregunta. Le habían vuelto a la mente los gestos del Farola mientras atendía a la niña herida, penetrantes y contenidos, solícitos y distantes a un tiempo, en una palabra, «profesionales»… Ni él mismo habría sabido hacerlos. Y la pregunta se podía resumir de la siguiente manera: ¿quién era realmente el Farola? Fue entonces cuando, en medio del delirio provocado por la enfermedad, la cabeza lo indujo a pensar que si no se medía la fiebre con el termómetro, jamás le bajaría. Se dirigió a la cocina, bebió tres vasos de agua, se vistió de cualquier manera, salió, subió al coche y se puso en marcha. No se daba cuenta de que iba conduciendo en zigzag, pero por suerte pasaban muy pocos vehículos. La primera farmacia seguía estando cerrada; la Farmacia Centrale también, pero un cartelito que había colgado en la persiana metálica invitaba a acudir a la Farmacia Lopresti, cerca de la estación. Soltando maldiciones, volvió a subir al coche. La farmacia se encontraba en la misma manzana que la estación. La persiana estaba bajada, pero dentro había luz. Le dijo al adormilado farmacéutico que quería un termómetro y el hombre regresó al cabo de unos minutos.
