
En ese momento, Sebastian concluyó qué no había nada pardusco en sus ojos. Eran de un raro color, más ámbar que marrones, bordeados de espesas pestañas, y su boca era amplia, de labios abultados.
– Podría ser, sólo si bebes tú también -dijo al tiempo que miraba hacia el sector entoldado, y de inmediato deseó haberse callado la boca. Lo último que deseaba era abrirse paso entre los alegres invitados para llegar al bar.
– No hace falta que libres una batalla entre la horda de bailarines. Cruzando ese ventanal encontrarás un frasco en la mesa junto al sofá -dijo mientras señalaba hacia la casa.
– ¿No sería abusar de la hospitalidad de nuestro anfitrión? -preguntó mirándola con más detenimiento, y se sintió vagamente sorprendido al ver que ella sonreía.
– No pondrá objeciones. En este caso, la hospitalidad corre por mi cuenta. Vivo ahí, en el apartamento del jardín -dijo al tiempo que le tendía la mano-. Soy Matty Lang, prima de la novia y su madrina de boda.
– Sebastian Wolseley -saludó al tiempo que le estrechaba la mano que, aunque pequeña, respondió con firmeza.
– ¿El pez gordo de la banca de Nueva York? Me preguntaba cómo serías cuando escribí las invitaciones.
– ¿Tú las hiciste? -preguntó en tanto recordaba la exquisita escritura en letra caligrafiada que adornaba la tarjeta de invitación a la boda de Francesca y Guy Dymoke y la recepción que celebrarían en el jardín de la casa-. ¿No es tarea de la novia escribir las invitaciones?
– No tengo ni idea, pero la novia estaba muy atareada en esos días sufriendo todas las molestias de un parto.
– Ésa sí que es una excusa legítima. Hiciste un hermoso trabajo. Espero que te lo haya agradecido debidamente.
– La gratitud no cuenta aquí. ¿Eres amigo de Guy? ¿O ésta es una visita obligada para paliar un pésimo día?
– Nunca he dicho que sea una visita obligada. Dije que no era mi intención quedarme demasiado tiempo. Y en cuanto a la primera pregunta, somos amigos desde los tiempos de la universidad en que compartimos nuestro mutuo interés por la cerveza y las mujeres -afirmó, y de inmediato decidió no seguir por ahí-. Pero no nos veíamos desde hace años. Yo vivo en Nueva York, y Guy nunca permanecía estable en un lugar el tiempo suficiente como para alcanzar a saludarlo.
