– Te aseguro que últimamente está muy hogareño.

– Basta mirar a su mujer para comprender la razón.

– Cuando escribí tu invitación le pregunté a Guy cómo eras y ni siquiera supo decirme cuál era el color de tus ojos.

– Bueno, para ser sincero yo tampoco sabría decirte cuál es el color de los suyos. Como te decía, hace mucho tiempo que no hemos coincidido en el mismo país.

– Su excusa fue que había dejado de mirarte a los ojos para concentrar la atención en las incontables mujeres que siempre te rodeaban. Aunque, si lo hubiera hecho, creo que bien podría comprender su dificultad.

– ¿Por qué mis ojos son difíciles?

– No son difíciles, son cambiantes. A primera vista habría dicho que eran grises. Pero ahora no estoy tan segura. Bueno, ¿una copa? Por favor, añade un poco de agua mineral a la mía.

– ¿Y qué pasó con el padrino de bodas?

– ¿Podrás creer que está casado? Con una pelirroja sensacional. ¿De qué sirve un padrino que no está disponible para satisfacer los caprichos de la madrina? No puedo creer que un hombre tan listo como Guy haya hecho tan mala elección.

– ¡Espantoso! -exclamó, no del todo seguro de que ella estuviera bromeando. En ese momento, Sebastian cambió de opinión. La mujer sí que estaba coqueteando con él, pero no lo hacía como el resto de las féminas. No sonreía ni batía las pestañas. No sabía exactamente qué hacía, pero había logrado captar toda su atención-. Ahora sí que voy a buscar esas copas. A menos que me ofrezca como sustituto.

– ¿Del padrino de bodas?

– Sí, ya que te dejó plantada -dijo mientras recordaba que Guy se lo había pedido, pero él no pudo asegurarle que llegaría a tiempo a Londres.



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