
Pero iba a tener que hacerlo y lo sabía. No podía ignorar el pesado. Y, estando Kyle en Wyoming, estaba más que obligada a decirle la verdad. Su conciencia era más dolorosa que una tortícolis. Sí, sabía que no le quedaba más remedio que confiar en él. Pero todavía no.
– De momento, ocupémonos del caballo -abandonó la cerca para meterse de nuevo en el corral y Kyle la siguió.
Sam se acercó a Joker hablándole con dulzura, pero él reaccionó como lo hacía siempre: corriendo hacia el otro extremo del corral. Sam, al borde de un ataque de nervios, se acercó de nuevo al caballo y, para su sorpresa, cuando arrojó las riendas sobre él, Joker se rindió y permitió que lo llevara de vuelta a los establos.
Para su consternación, Kyle no se separó en ningún momento de su lado. Como si estuviera fascinado por el control que ejercía sobre el animal, la siguió a los establos y observó atentamente aquel viejo edificio que, gracias a su abuela, en aquel momento era suyo.
– ¿Vives en la casa de tus padres? -le preguntó a Sam, sin dejar de mirar con curiosidad a su alrededor.
El sol se filtraba por las ventanas del establo y las motas de polvo danzaban sobre sus rayos.
– Sí.
– ¿Sola?
– Con mi hija -respondió Sam, mientras cerraba la puerta del pesebre de Joker.
– No sabía que estuvieras casada.
– No lo estoy.
– Oh.
Probablemente creía que estaba divorciada y, al menos de momento, Sam decidió que era preferible dejar que Kyle pensara lo que quisiera. Podía llegar a cualquier conclusión que su fértil imaginación conjurara.
Sam estaba acostumbrada a las especulaciones. Ser madre soltera en un pueblo pequeño siempre servía para alimentar toda clase de rumores. Durante años, la gente había hecho todo tipo de suposiciones sobre ella. Suposiciones que Sam jamás se había molestado en corregir.
– Mi madre se fue a vivir al pueblo cuando mi padre murió, pero Caitlyn y yo…
