– No lo sé -admitió Kyle.

Sam lo creyó. Lo miró con los ojos entrecerrados mientras él se quitaba el sombrero, mostrando su pelo castaño, con algunos mechones rubios, aclarados por el sol.

– ¿Sabes? Tu abuela me gustaba mucho -dijo Sam, pensando en aquella mujer de fuerte personalidad que dirigía una empresa de cosméticos con mano de hierro, pero era conocida en Clear Springs por su pastel de ruibarbo.

Kate había sido una mujer independiente, con muchos talentos, que quería a su familia con locura y había querido dejar su impronta en el mundo, no solo a través de su negocio, sino también en sus hijos y en sus nietos.

– Me cuesta creer que no voy a volver a verla nunca.

– A mí también -dijo Kyle con un suspiro. Frunció el ceño, como si hablar de la muerte de Kate le resultara demasiado doloroso. Se aclaró la garganta y miró hacia el semental.

– ¿Y qué estás intentando hacer con ese caballo?

– Estaba intentando, y por tu culpa he fracasado, enseñarlo a dejarse guiar. Es el caballo más caro que tenemos y algunos de los rancheros de la zona quieren alquilarlo como semental. El problema es que es muy cabezota y que, al igual que muchos hombres que conozco, no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Odia que lo controlen, se niega a montarse en los remolques y, en general, es insoportable -añadió sonriente. Sam admiraba a Joker por su carácter independiente.

Como si la hubiera oído, el caballo alzó la cabeza y dejó escapar un relincho mientras una yegua, una potra de patas largas y flacuchas, se acercaba a apacentar a su zona.

– Parece que le gustan las damas -comentó Sam.

– Un error.

Sam fulminó a Kyle con la mirada.

– ¿Lo dices por experiencia?

Kyle apretó ligeramente la barbilla.

– Mira, Sam. Sé que…

– Olvídalo -lo interrumpió rápidamente-. Esas historias pertenecen al pasado. No hablemos de eso ahora.



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