
– Y tú huyes porque estás asustada.
– ¿Qué? -giró para enfrentarse a él, con los brazos en jarras y la furia corriendo por sus venas.
– He dicho que…
– Ya he oído lo que has dicho, pero la verdad es que no me lo podía creer. ¡Por que tú… -dijo, entrecerrando los ojos con furia mientras lo señalaba con un dedo-, eres la última persona con derecho a acusar a nadie de huir!
Alzó los brazos y miró hacia el cielo.
– Eres increíble, Kyle. Increíble -giró sobre los talones, se montó en la camioneta y arrancó violentamente, dejando a Kyle, a sus relucientes vaqueros y a su camisa de diseño cubiertos de polvo.
– Te pasa algo malo -Caitlyn, sentada al lado de Sam, miraba a su madre con unos ojos idénticos a los de su padre mientras la camioneta entraba en el pueblo.
– ¿Algo malo? -Samantha sintió que se le encogía el corazón.
El sol comenzaba a bajar por el horizonte y del asfalto se elevaban olas de calor, distorsionando las fachadas de los edificios de Clear Springs, una ciudad que rendía homenaje a la última parte del siglo diecinueve con su arquitectura.
– Sí, estás muy rara desde que has venido a buscarme -a Caitlyn nunca le había gustado andarse con rodeos.
– Supongo que sí -admitió Sam, recordando lo furiosa que había conseguido ponerla Kyle. Cuando había ido a buscar a Sam a casa de una de sus amigas, estaba que echaba humo.
– ¿Por qué?
– Es solo que… me he encontrado hoy con un viejo amigo. Ha sido una sorpresa.
– ¿Y?
Sí, claro, ¿y?
– Y me duele la cabeza -en eso no estaba mintiendo.
– ¿Tu amigo te ha provocado dolor de cabeza? – Caitlyn sacudió la cabeza, como si no terminara de creerse aquella historia-. Pareces enfadada.
