
No, Samantha no podía perder a su hija. No podía perderla por culpa de nadie. Pero menos por la del hombre que la había engendrado.
Capítulo 2
– Qué desastre -con un bufido de disgusto, Kyle miró el libro de contabilidad.
El mohoso diario estaba abierto sobre el viejo escritorio de roble que llevaba en aquel estudio al menos tanto tiempo como Kyle era capaz de recordar. Había pertenecido a Ben Fortune, el abuelo de Kyle y marido de Kate, aunque Kyle no recordaba haber visto ni una sola vez a su abuelo sentado en el sillón de cuero. No, aquel rancho siempre había sido el refugio de Kate para alejarse del endiablado ritmo de la ciudad. Pero aquel libro de contabilidad era todo un misterio. ¿Por qué no habría utilizado un ordenador? ¿Por qué no había ninguna conexión a Internet? ¿O algún programa de contabilidad? Eso no era propio de su abuela, una mujer que siempre había vivido por delante de su tiempo, que utilizaba el teléfono móvil y el fax con la misma facilidad con la que se ponía un perfume. Kate Fortune había estado conectada por ordenador con todas las empresas de su difunto marido, incluyendo las más alejadas, situadas en Singapur y en Madrid. Aunque era capaz de utilizar el mismo lenguaje que los trabajadores de los pozos petrolíferos de Ben, era una mujer que pilotaba su propio avión. Y si algún rancho de Wyoming debía haber tenido un maldito PC y un módem, ese era precisamente el de Kate. Aquella falta de medios no tenía ningún sentido. A menos que Kate fuera siempre allí para alejarse del ritmo vertiginoso de la ciudad y prefiriera el paso lento con el que habían trabajado los rancheros desde hacía décadas.
