
Sonó el teléfono y Kyle levantó el auricular, esperando encontrarse con la voz profunda de Samantha al otro lado de la línea.
– Kyle Fortune -contestó.
– Vaya, así que era verdad -tronó la voz de Grant a través del auricular mientras Kyle se recostaba en el sillón-. Había oído el desagradable rumor de que habías vuelto a la ciudad.
– Las malas noticias corren muy rápido.
– Especialmente en esta familia.
Desde luego, pensó Kyle. Los Fortune siempre habían estado muy unidos, pero desde la muerte de Kate, Kyle había sentido cómo se reforzaban los vínculos entre primos y hermanos, como si de la tristeza compartida por la muerte de su abuela hubiera nacido una nueva camaradería.
– Me llamó Mike para decirme que habías ido hasta Jackson en el avión de la compañía, así que imaginé que aparecerías por aquí antes o después.
– Y ya he tenido tiempo de ver el animal que has heredado.
Grant soltó una carcajada.
– El Fuego de los Fortune.
– El Loco de los Fortune, lo llamaría yo.
– Te lo quitaré de las manos en cuanto puedan meterlo en un remolque. Sé que Samantha ha estado trabajando con él.
– Eso parece.
Sam. ¿Por qué no podría dejar de pensar en ella?
– Supongo que ya sabes que Rocky está pensando en venir a vivir aquí.
– ¿Rocky? ¿Te refieres a Rachel?
– Exacto, tu prima y la mía.
Kyle no había vuelto a ver a Rachel desde el día de la lectura del testamento de Kate. Normalmente atrevida y de rápida sonrisa, aquel día estaba tan afectada como el resto de la familia. Unas ojeras oscuras rodeaban sus ojos castaños. Parecía muy perdida en aquella ocasión, pero, en realidad, toda la familia lo estaba.
– Me he encontrado con Sam cuando estaba intentando domarlo. Ese semental parece un auténtico diablo.
– Lo es -rió Grant.
Kyle miró hacia la ventana. Los últimos rayos del sol acariciaban la tierra.
– Sam tiene una hija -comentó.
